
13 junio, 2026
Rara vez se disfruta en la vida de un viaje tan completo y seductor […]
Rara vez se disfruta en la vida de un viaje tan completo y seductor como el realizado recientemente por el estado de Chihuahua, que aúna cultura colonial de la ciudad de Chihuahua; la vista a una Sotolera degustado sus destilados; el museo de la cultura menonita, conociendo sus famosos quesos; el pueblo mágico de Creel, entrada a las Barrancas del Cobre, y el valle de los monjes, con sus espectaculares formaciones rocosas; el museo de cultura Tarahumara en Creel.
Las bellísimas Barrancas del Cobre, desde Divisadero y su parque de aventura, que cuenta con una de las tirolinas y uno de los funicular más largos del mundo; la cultura rarámuri, que pudimos visitar alojados en sus cuevas ancestrales; el impresionante descenso a la barranca de Urique, donde combatimos su intenso calor con un delicioso aguachile de camarones; y para culminar el periplo, recorrimos en el tren Chepe Express las barrancas hasta llegar al desierto de Sinaloa, a la ciudad de Los Mochis, en el Mar de Cortes.
La ciudad de Chihuahua (lugar seco y arenoso, en lengua rarámuri) está situada a 1.400 metros de altitud, en el norte de México, y se caracteriza por combinar sus edificios coloniales con una estructura moderna similar a la de su vecino norteño. El sol es intenso durante el mes de mayo, aunque en breve comienza la temporada de lluvias; visitamos el Palacio de Gobierno, donde en 1811 estuvo detenido, antes de ser fusilado, el padre de la patria, el cura jesuita Miguel Hidalgo, por rebelión contra el gobierno español, por haberse declarado contra la esclavitud y a favor de los indígenas.
En el Palacio de Gobierno merece la pena ver los murales que cuenta la historia del estado, y enfrente a este edificio colonial, ver el museo Casa Chihuahua, construido por Porfirio Díaz, y donde se encuentra la celda del cura Hidalgo. Pancho Villa, el general de la Revolución está muy presente en la cuidad y visitamos la impresionante Quinta Gameros, que llegó a ser el cuartel de Carranza y del famoso revolucionario, que falleció muy cerca de aquí. En la plaza de Armas se alza la imponente catedral de Chihuahua, que se inició su construcción en 1725 por los jesuitas y culminaron los franciscanos en 1826.
Visitamos la Sotolera Oro de Coyame, en Ciudad de Aldama, ubicada a media hora de Chihuahua, donde se elabora uno de los destilados más originales y a la vez desconocidos de México: El sotol. Su origen es una planta dasylirion, cuya piña central, una vez cortadas sus hojas, se cuecen en hornos subterráneos y luego se libera su jugo, que fermenta y se destila por dos veces en pequeños alambiques. Su resultado, como pudimos catarlo con el entusiasta Víctor Ibarra (socio gerente de Casa Ruelas) tanto Coyote como Oro de Coyame, son destilados especiados, herbáceos, balsámicos y de gran finura. Es sin duda la bebida más singular del desierto de Chihuahua, cuya amplia gama incluye el sotol de Víbora de Cascabel, con veneno de este ofidio, y que le aporta un delicioso carácter picante. Solo para los más atrevidos.
A la mañana siguiente acudimos al museo de la cultura menonita, en Ciudad Cuanthemoc. Los menonitas, procedentes de Canadá, se instalaron en Chihuahua en 1922, dedicándose principalmente a la agricultura (manzanas) y ganadería vacuna; protestantes luteranos originarios de Alemania y Holanda, huyeron de las persecuciones religiosas de la época, declarándose pacifistas, por lo que están exentos del servicio militar. El museo menonita reproduce una casa tradicional y maquinaria agrícola antigua y explica su estilo de vida ancestral; son muy reconocidos en todo el país por la elaboración de quesos de vaca, tipo chester, de tres días de curación, de textura suave pero sabroso.
Recorremos la llanura semiárida hasta llegar a las estribaciones de la sierra Tarahumara (en la Sierra Madre Occidental), donde empezamos a disfrutar del frescor de los bosques de pinos, encinas y madroños. Llegamos al pueblo mágico de Creel y nos alojamos en un hotel The Lodge, encantador y con numerosos detalles acogedores. Visitamos la cercana cueva de San Sebastián, donde se aloja un chamán rarámuri (que significa pies ligeros). Allí las rocas formas curiosas formaciones como en el valle de los hongos o el valle de las ranas, esta último junto a la misión jesuita, originaria de 1835.
Desde aquí en un polvoriento camino llegamos hasta el valle de los monjes, donde descubrimos unas formaciones graníticas de una belleza irreal, con formaciones que juegan con los últimos rayos del sol. Y culminamos el día en el hermoso lago con forma de herradura Arareko. De vuelta al hotel disfrutamos de una excelente cena, muy autentica, con unos sorprendentes tacos de Arrachera (carne de vacuno asada) en tortilla de maíz amarillo y azul (estos últimos están buenísimos), con salsa de chile jalapeño, cebolla morada, cilantro y unas gotas de lima. Toda una cumbre sensorial, que nos muestra la gran calidad del vacuno de Chihuahua, el mayor estado productor y exportador de esta carne, con sus gigantescos ranchos.
Por la mañana, antes de internarnos en las Barrancas del Cobre, visitamos el Museo Tarahumara, donde conocemos la cosmovisión de este pueblo ancestral, los rarámuris, sus cultivos de frijoles y maíz, su cultura musical y fiestas, y su relación mágica con la planta del peyote. Continuamos hasta Divisadero, donde nos acercamos hasta el Parque de Aventuras Barrancas, con imponentes vistas a tres de las más profundas barrancas. Allí podemos disfrutar de la imponente la segunda tirolina más larga del mundo (tres minutos de caída al vacío, alcanzando hasta los 130 kilometros por hora. Solo para adictos a la adrenalina). Para los menos aventureros realizamos este recorrido en el tercer funicular más largo del mundo (3 kilometros) con imponentes vistas a las 3 Barrancas: del Cobre, Tararecua y de Urique (esta última con unos 1.900 metros de profundidad).
Las Barrancas del Cobre es uno de los lugares más hermosos de América, es cuatro veces más grande y dos veces más profundo que el Cañón del Colorado. Sus miradores son impresionantes, así como ver el amanecer coloreando las altas pareces rocosas, de hasta 2.500 metros de altitud. Pero las actividades no terminan aquí: la Vía Ferrata propone rappel, escalada y puentes colgantes (se puede ver desde el suelo trasparente del restaurante); o podemos realizar un recorrido de Siete Tirolesas o disfrutar de una aventura por un bosque aéreo. Todo ellos para vernos envueltos en la magia de este paraje tan especial.
Llegamos al tranquilo pueblo de Cerocahui, habitado por rarámuris, hasta que la colonización española quiso evangelizarlos y muchos huyeron a las cuevas de la sierra, su nuevo hogar, donde no podían ser localizados. Nos alojamos en el hotel Misión de la familia Balderrama, (ubicado junto a su iglesia San Francisco Javier, de 1680, una joya virreinal), que cuenta con un pequeño viñedo en sus jardines, con el que elaboran vinos para sus invitados. Desde allí nos proponemos descender la barranca de Urique, junto al río de su mismo nombre, y que, al estar en el fondo del valle, a tan solo 700 metros de altitud, hace un calor tropical, que permite los cultivos de papaya, mango y aguacate.
Son más de dos horas de viaje por carreteras de tierra, pero con imponentes vistas a la Barranca de Urique, como la que disfrutamos en el Mirador del Gallego, donde se divisan los espectaculares parajes. Esta barranca es la más profunda de todas ellas (aquí dicen que el Cañón del Colorado cuando sea grande quiere ser como las Barrancas del Cobre). Desde Urique nacen algunas de los ultramaratones más famoso del mundo, como el de Caballo Blanco, de 85 kilometros de longitud, que por supuesto ganó un rarámuri (pies ligeros); recientemente han celebrado otro ultramaratón de 100 millas (160 km., 21 horas de carrera), con participación de numerosos corredores de todo el mundo, cuya finalidad es compartir y convivir con la cultura rarámuri.
Llegamos al valle, rodeados de palmeras, cactus y florecidas buganvillas, al corazón de la barranca, donde el calor es infernal, como cuando aterrizas en el Caribe, por lo que nos refugiamos en un restaurante a la orilla del río. En el restaurante Tararekua nos espera una jarra de vigorizante michelada (cerveza, jugo de tomate con almeja y algo de salsa picante (afirman que esta bebida es ideal para curarse la cruda), que acompañamos con un delicioso guacamole con totopos y un molcajete de aguachiles de camarones, que maceran en zumo de limón verde, como si fuera un cebiche. Uno de los mejores recuerdos gastronómicos del viaje.
Por fin llega el momento de abordar el mítico tren Chepe Express (ferrocarril de Chihuahua al Pacifico), en la estación de El Divisadero, que recorre en unas 7 horas los hermosos parajes de las barrancas hasta llegar a Los Mochis, en el estado de Sinaloa, junto al Mar de Cortés. El Chepe es un tren de lujo (1961), cuyo recorrido discurre junto al río, y que cuenta con restaurante y un animado bar terraza, con las ventanas bajadas para disfrutar de las brisas y las vistas.
El Chepe llega al puente de la Herradura, un viaducto donde realiza un impresionante giro, cuyas vías recorren 37 puentes y 86 túneles, descendiendo desde los 2.400 metros hasta el nivel del mar. “Es uno de los trenes con el recorrido más impresionantes del mundo”, afirma el supervisor Mauricio Navarro. Y al cruce un manso río, dejamos atrás los bosques de pinos y entramos en el desierto de Sinaloa, con sus altivos cactus, cuajados de flores amarillas, y aprieta el calor cuando llegamos a Los Mochis. Aquí nos espera sus carnes enchiladas y los pescados del Mar de Cortés, el acuario del mundo.
Llevamos ya a Chihuahua en el corazón, tres disfrutar de sus centros coloniales, sus mágicos parajes, como el valle de los monjes en Creel y las imponentes Barrancas del Cobre, de su excelente gastronomía, de sus tres culturas: mestiza, rarámuri y menonita; y del recorrido en el Chepe Express, desfilando por parajes de ensueño. Prometemos volver.
Texto y Fotografías: Jesús Bernad
