Reportajes

3 diciembre, 2025

II Bienal internacional del vino boliviano

Los vinos bolivianos reivindican su personalidad     Cada vez se incorporan al mundo vinícola […]


Los vinos bolivianos reivindican su personalidad

 

 

Cada vez se incorporan al mundo vinícola países productores del que desconocíamos casi todo. Primero fue la presentación de los singanis, bebidas espirituosas similar al pisco, de gran personalidad, en Madrid Fusión. Y el ultimo 4 de noviembre la II bienal Internacional del vino boliviano , de la mano de su director Diego Guzmán de Rojas, también elaborador de los vinos Colección de Autor. En todo momento destacó que la selección de estos 16 vinos eran lo más representativo y de gama alta de su país.

 

Situando sus orígenes, Diego comentó que los misioneros españoles llevaron las uvas en el siglo XVI al Alto Perú (que comprendía también el norte de Chile y Argentina. Las primeras variedades de uvas que llegaron fueron la Prieto Picudo y la blanca Moscatel de Alejandría. Que se plantaron en el valle de Tarija. Posteriormente se desarrollaron los viñedos en otros valles del sur del país, y en la década de 1960 llego la variedad tinta Tannat, convertida ya en emblema de sus vinos.

 

 

 

La principal peculiaridad de los vinos de Bolivia es su gran altitud, entre 1.600 y 2.800 metros, de los más altos del mundo y que permite al país elaborar vinos de calidad a pesar de no estar entre la latitud sur entre los 30º a 50º. El valle con mayor extensión de viñedos es el de Tarija (3.500 hectáreas) y sus viñedos se disponen entre los 1.700 y 1.900 metros de altitud. En Tarija predomina la uva tinta Tannat, donde sus vinos más afrutados que los elaborados en Uruguay.

 

La segunda región productora es el valle de Cinti (con viñedos entre los 2.200 y 2.850 metros de altitud) donde predomina la variedad autóctona Vischoqueña, fruto del cruce de la Negra Criolla y la Moscatel de Alejandría. Y por último encontramos el valle de Sampaipata, con viñedos entre los 1.700 y 2.400 metros de altitud, donde además de la Tannat encontramos viñedos de variedades internacionales como la Syrah, la Cabernet Sauvignon o la Pinot Noir.

 

La gran altura de sus viñedos es la responsable que las 86 bodegas existentes en el país puedan elaborar vinos de gran intensidad de sabor y tipicidad. Predomina los viñedos ancestrales, de pequeños productores artesanales cuyas bodegas son de propiedad familiar. Nos sorprendió mucho ver estos viñedos ancestrales, muchos centenarios, con sus racimos colgando de las ramas de los árboles y vendimias con elevadas escaleras. Este cultivo se denomina en Mollar, y las vides trepan por estos árboles, para proteger sus uvas del intenso sol, granizo, viento y distintas plagas. Un sistema ancestral de cultivo, pues es de todos conocido que la vid es una planta trepadora.

 

 

Comenzamos la cata con un vino de la bodega Jardín Oculto Blanc de Noir 2024 (valle del Cinti), de la variedad de uva autóctona Vischoqueña, de viñedos a 2.300 metros de altitud, de viñas viejas trepadoras de árboles. Despliega un fino aroma de albaricoque, en la boca es ligero, frutal, con frescor y moderado amargor final. Luego catamos un Blend de Criollas de Colección de Autor, del valle del Cinti, sabroso, fresco y muy afrutado, de grato recuerdo.

 

Un vino de sorpréndete de color rosa palo, Cepas Negras, de la bodega Colección de Autor y variedad Vischoqueña, con seis meses de maduración en tanques de inox. Despliega notas de cerezas, y hierbas balsámicas (eneldo), es fino y suave, con un grato final cítrico. Catamos otra Vischoqueña de bodegas Tierra Roja, del valle del Cinti, con aromas de hinojo, suave tanino, fruta golosa y final delicado. Nuestro siguiente vino es Misionera ’21 de bodega Yokick, del Cinti cultivadas a 2.400 metros de altitud. Esta variedad, Misionera es como se denomina en Sudamérica a la Negra Criolla, y madura en roble; de tonos teja, aromas especiados, fruta madura y golosa, en su momento de plenitud.

 

 

Empezamos con los vinos de variedades internacionales como el Syrah Arpay ’22, de la bodega Tour des Etoiles, del valle de Tarija, que madura 18 meses con sus lías en huevos de cerámica, con notas de ciruelas negras, y boca ligera, suave y amable, muy fácil de beber. Continuamos con un Cabernet Sauvignon Gran Reserva 2020, de bodega 1750 Uvairenda, del valle Samaipata (de la zona tropical de Santa Cruz), de un viñedo joven de 20 años y el vino madura 25 meses en barricas de roble francés y americano; de aroma especiado y frutal, de cerezas maduras, con cuerpo ligero y final suave, ya redondo.

 

Llegó una de las sorpresas de la mañana, Marselan Gran Patrono 2019, de bodega Kuhlmann, de valle de Tarija a 2000 metros de altitud. Esta variedad tinta la Marselan, es un hibrido, y tan solo la conocía de en vinos del valle de Ningxia, en China, donde da muy buena calidad. Con crianza de 18 meses en barrica, despliega aromas de fruta madura, con una boca golosa, de confitura de frambuesa, con buen amargor y acidez, resultando un vino muy equilibrado. El Cabernet Sauvignon Icono ’17 de bodega Kohlberg, del valle de Tarija y con 18 meses de crianza en roble francés es muy especiado, amplio en boca, con un paso cálido y largo, destacando sus taninos pulidos y finos.

 

 

Catamos después dos Petit Verdot, primero el Esther Ortiz ’18, de Campos de Solana, con 24 meses de crianza en roble francés, de aroma fino especiado, boca amplia y golosa, muy redondo ya y de paso amble, muy placentero. El Petit Verdot ’21 de la bodega Paso del Zorro, de Tarija, con crianza de 18 meses en barricas de roble americano, con aromas especiados, en boca es fresco, de vibrante tanino, con un cuerpo, de fresca acidez y final suave. En Bolivia también se elaboran vinos de ensamblaje como el Elia Rosa Ícono ’16, de bodega Kohlberg, de un viñedo de 58 años de Cabernet Sauvignon, Malbec, Tempranillo, Syrah y Merlot. Tras 18 meses de crianza en barricas nuevas de roble francés, despliega un complejo aroma, con una boca fresca y vivaz, con un tanino fino, de gran cuerpo y final muy largo. Un vino muy seductor.

 

 

Continuamos con tres vinos tintos de la variedad estrella de Bolivia, la Tannat, que posee un estilo muy distinto a sus primos uruguayos. El Tannat Arpay ’22 realiza una crianza de 18 meses en huevos de cerámica, destacan sus aromas seductores, de ciruela negra madura, su boca es suave, madura, carnosa y larga. Principia Tannat ’21 de la bodega Granier Ortiz, de un viñedo a 1850 metros y cuya vendimia fue el 3 de marzo (por ser del hemisferio sur), con 24 meses de crianza en roble francés; de amplia fruta roja, en la boca es fino y redondo, suave, ligero de cuerpo, pero muy sabroso, largo y de envolvente aromas.

 

Catamos el Tannat ’20 de Colección de Autor, del valle del Cinti, con viñedo a 2350 metros de altitud, que realiza una crianza de 24 meses en barricas de roble francés y luego madura 12 meses en damajuanas de vidrio. Despliega aromas especiados y en boca es fino, con tanino vibrante, amplia fruta y mucho carácter.

 

Para concluir la extensa cata disfrutamos de dos vinos dulces: Edén Noble Botritis ’15 de bodega Yokich, de uvas moscatel de grano menudo con botritis, del valle del Cinti, a una altitud de uno 2400 metros. Aromas de piel de mandarina y miel, con notas dulces y amargas en boca, marcado por el roble y final de frutas maduras. Culmínanos con el Dulce Natural ’22 (18º) de la bodega San Francisco de la Horca, que deshidratan 3 variedades de uvas distintas y madura 36 meses en cubas de roble. Notas de cacao, caramelo, y membrillo, de boca dulce, sabrosa con despliegue de cacao, resultando muy sabroso, largo y placentero.

 

 

Este excelente recorrido por los vinos más emblemáticos de Bolivia, supuso una inmersión en los vinos de este país andino, que nos ha descubierto un mundo fascinante, en especial con sus vinos de Marselan y Tannat, de prometedor futuro.

 

 

Fotografía: El director de la II Bienal Internacional del vino boliviano Diego Guzmán de Rojas (derecha), junto a el autor del reportaje Jesús Bernad.



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